POR RAÚL CRUZ MOLINA

(Quito, diciembre 22).- No ha sido un buen año para el fútbol ecuatoriano. La parte final del torneo fue vibrante. Eso es verdad, pero de ninguna manera de un aceptable nivel técnico. El espectáculo global ha registrado perfiles de mediocridad, más allá de la cuota de dramatismo en la definición para calificar al ganador de la Segunda Etapa, a los dueños de los cupos a Libertadores, a Sudamericana y a los equipos que se fueron al descenso.

El Coronavirus nos jugó una mala pasada. Nos tiene en vilo y con la vida colgando de un hilo. Su propagación incontrolable y mortal, impidió la presencia de los hinchas en los estadios. Le dio al fútbol un aire tétrico, solitario, vacío de pasión y sentimientos. Ha sido para muchos, me incluyo, el año más difícil de nuestra existencia. Hemos luchado para cuidar nuestra salud, en medio de un calendario que ha sido extremadamente doloroso para miles de hogares ecuatorianos. Estar de pie, ya es ganancia. Es una bendición de Dios.

Restan dos partidos para sellar el torneo 2020 de LigaPro. Las dos finales. La primera, mañana en el Monumental del Salado. La segunda, el martes 29 en ‘Casa Blanca’. Barcelona y Liga frente a frente. Dos gladiadores del balompié nacional, reviviendo un partido con historia propia. No tengo ninguna duda, al señalar que el ‘Clásico del Astillero’ es el choque más importante que se juega en nuestro país. Lo respalda un recorrido apasionante que arranca en los albores del fútbol rentado. Después, y a respetable distancia, se ubica el “Liga frente a Barcelona”.

La ‘U’ ha pasado a ocupar en el cuadro de las rivalidades, el lugar que un día le correspondió a El Nacional, 13 veces campeón del Ecuador, hoy sumido en el fango del descenso, producto de una administración plagada de errores en la última década, en la que se posaron en la butaca directriz, personajes que no tuvieron ni el fuste ni la capacidad para mantener la línea de grandeza institucional y deportiva, que acompañó a los ‘Puros criollos’, en su inolvidable época de gloria.

Liga y Barcelona ‘mueven el tapete’ a sus hinchas. Es un partido con un morbo especial y el más taquillero. Hace 23 años y 52 enfrentamientos que el Ídolo no le gana a Liga en Quito. El ‘once canario’ no ha saboreado el néctar de un triunfo en el Estadio de Ponceano, desde su apertura. Se ha convertido en un trauma, que martiriza al ‘Pueblo amarillo’. Es demasiado tiempo para una entidad con semejante lustre. Algún día será.

¿Lo que no se sabe, es cuándo se romperá el maleficio? Por su parte, los parciales ‘albos’, atesoran con profunda devoción esa ‘virginidad deportiva’. Nada les obsesiona tanto, como mantener ese invicto. Es su joya inmaculada.

Son dos finales con pronóstico reservado. Barcelona llega con más ritmo futbolístico. Anímicamente potenciado. Liga extravió los papeles y bajó su producción. La ausencia de jugadores vitales, resintieron su funcionamiento colectivo. El once de Pablo Repetto extrañó a Franklin Guerra y a Ezequiel Piovi. Ninguno de los zagueros que tiene el DT uruguayo a su disposición, aporta la seguridad y el empuje que entrega el back manabita, lamentablemente, muy proclive a lesionarse.

Piovi es otra gran incógnita. Está en recuperación durante largo tiempo. Viene sin minutos de juego, pero ya hizo fútbol en las prácticas. Nadie sabe, si están listos y en plenitud para regresar a la cancha. Y hay otro atenuante: Liga ha perdido el poder de gol. El colombiano Cristian Martínez Borja se ha esfumado en los últimos partidos. Ha vuelto a ser el ariete discontinuo que tantas dudas generó en la hinchada. Es un jugador aceptable, pero de ninguna manera, una figura. Lo dije y me mantengo. Está lejos de compararse a los grandes artilleros que brillaron en la ‘U’. Es una vara que le queda muy alta.

El uruguayo Rodrigo Aguirre es la otra alternativa en la vanguardia ‘blanca’, pero el ‘9’ charrúa no ha registrado un buen año. Es el top en la escala de sueldos, pero su rendimiento bajó sensiblemente esta temporada. No jugó el último partido por recomendación médica. Ha vivido ‘entre algodones’ y con la ‘mecha apagada’. Cuesta mucha plata. No lo justifica.

Barcelona llega a las finales sin mayores novedades. Las piezas foráneas que acompañaron al ‘Toro’ Bustos en Delfín han dado resultado. Me refiero a Riveros y Piñatares. Ha cumplido el golero Burrai. El que está debiendo es el uruguayo Jonhatan Alves. Su olfato de gol ha ido decayendo. No ha sido la bandera de victoria, con el que sueñan los ‘hinchas amarillos’. Tiene al paraguayo Cristian Colman. El ‘guaraní’ ha solucionado algunos partidos, pero carece de jerarquía para apoderarse de la camiseta número ‘9’. Convertirse en titular.

Damián Díaz es el ‘as de espadas’ en el que confía Fabián Bustos, que ha aprobado con buenas notas, el examen de conducir a un equipo grande. Lo digo, dejando aparte, lo que suceda en las finales. Jugar por el cetro a temporada seguida, habla de su creciente capacidad. Podría convertirse en bicampeón. Preciso que Damián es el ‘talismán canario’, porque ha recuperado el espíritu combativo, la amistad con la pelota y ese aire de líder, que en Barcelona deja huella. Es una gran oportunidad para que el rosarino, deje su nombre grabado a fuego. Es el último crack venido desde el extranjero, que ha brillado en el Ídolo. Esa raza especial a la que pertenecen ‘Perico’ León, Epanhor, Vasconcellos, Insúa, Trobbiani y Alfaro Moreno.

Tiren las fichas. ¿Quién ganará la primera chica? No es una frase de cajón, precisar que el cetro está para cualquiera de los dos. Para el equipo que muestre más arrestos, exponga personalidad y carácter, exhiba mejor funcionamiento, cometa menos errores

y acierte más frente a los palos adversarios. Me duele que tengan que jugar con tribunas despobladas. Por obra y gracia del Coronavirus que nos tiene con la vida en un hilo. Ya vendrán mejor tiempos.