Por: Raúl Cruz Molina

(Quito, diciembre 2).- Nunca en su pródiga historia, que encierra 56 años de vida y 13 títulos de campeón, El Nacional estuvo en una circunstancia tan complicada, como la que le atosiga en estos días. Es verdad que ya descendió a la Serie B en 1979, pero el peligro que lo acecha hoy, puede determinar su caída a la Segunda Categoría. Y no es una exageración. Ya perdió en la mesa, el partido ante Guayaquil City, la semana anterior, porque su dirigencia no cumplió con el pago de una deuda que debía entregar al América de Quito. Una más y el precipicio lo espera.

Sostiene su presidenta, Lucía Vallecilla, que hubo mala fe para provocar la sanción a su club. Dice que desde la FEF, orquestaron para que el pago no sea recibido por los dirigentes del ‘Club Cebollita’, pese a que comunicó que estaba listo el pago con cheque certificado. Ese es un tema, que no se puede comprobar. Más que la tenencia oportuna del documento bancario, el afán de los popes de la FEF de pasarle factura por su apoyo al ‘grupo rebelde’ que lideraba Jaime Estrada. Me parece, que en la desesperación, le acechó el ‘delirio de persecución’. Lo único cierto es que Lucía Vallecilla, dejó transcurrir el reloj y sobre el límite, las horas ya no le alcanzaron. El que juega con fuego termina quemado. Está claro que el que paga a tiempo, no acusa estos complicados problemas. Falló y punto.

La caótica situación que afronta El Nacional no es reciente. Hay que remontarse a 2008 para establecer el arranque de la caída libre. La sucesión de administraciones con escasa capacidad, la determinación del gobierno de Rafael Correa de abolir el aporte obligado de los miembros de las Fuerzas Armadas, resintieron una estructura que había navegado viento en popa por medio siglo, que alcanzó para repletarse de gloria.

Los errores han sido múltiples. Salvo honrosas excepciones, se acercaron personajes que buscaban abiertamente encontrar en la conducción de un club tan grande, la plataforma perfecta para subirse a la notoriedad pública. La última etapa brillante, que desembocó en el Bicampeonato en 2006 es el último ciclo victorioso. Se hicieron malos negocios, desprendiéndose de una pléyade de jugadores de primer nivel, que fueron mal vendidos, según comentan las ‘buenas lenguas’ que conocen el subsuelo de la entidad militar. La verdad, nunca salió a la luz, pese a la amenaza de auditorías, cuyos resultados nunca se han exhibido con claridad. Ni los números y peor aún, los responsables de los supuestos malos manejos. Ha pasado en varios clubes. Todos se tapan, pensando en que mañana pueden ser víctimas de su propio invento. Hay una larga lista de exámenes económicos que no fueron expuestos. Que reposan bajo llave.

¿Lucía Vallecilla es la única culpable de este momento dramático que vive El Nacional? No. Y lo digo sin anestesia y sin favoritismo. Hay varios que se reparten el ‘pastel de la desgracia’. La culpa de la doctora pasa por ofrecer una solvencia económica que no estaba en capacidad de afrontar. Es el mismo pecado que persigue a varios de los ‘anteriores jeques’ que se subieron a la conducción de la nave, aun sabiendo que no les alcanzaba su capacidad de gestión y peor, su solvencia económica. Los pocos que prestaron algún dinero, apenas se marcharon, exigieron vía judicial su reposición. Está bien. No es tiempo de regalar los patrimonios personales. Lo detestable es que le mientan a los socios y a los hinchas del club. Obtienen sus réditos de popularidad y se esfuman. No quiero citar nombres, la hinchada los identifica plenamente.

¿Es propicio motivar el derrocamiento de Lucía Vallecilla? Es el peor momento. Hay un ‘grupo decapitador’ que actúa de oficio cada vez que el club está al borde del abismo. Algunos de ellos, ya fracasaron como integrantes de otras directivas que nada aportaron. La enfermedad de El Nacional es terminal. Si los socios y ex dirigentes conscientes, no planifican y ejecutan un mecanismo real de salvación, la muerte súbita es cuestión de tiempo. Con Vallecilla o con el siguiente ‘billetudo de pacotilla’ que tenga el verbo para engañar a la masa societaria. Se necesitan planes concretos y reales. Los ‘sueños guajiros’ ya no tienen cabida.

Preguntaba esta mañana, Antonio Ubilla, el número uno de los estadígrafos del fútbol nacional en su cuenta de twitter, exhibiendo una nota de mi autoría en la querida Revista Estadio, ¿si los problemas que afronta hoy El Nacional son similares a los que encaró en 1979, cuando descendió a la Serie B? Para nada. Lo de aquel año fue obra maquiavélica de un grupo de jugadores liderados por un nefasto delantero, que se ‘olvidaron de jugar’ para motivar la salida del DT Juanito Araujo, al que consideraban novato y sin perfil para dirigir a ‘semejantes monstruos’.

La maniobra terminó con el club en la B, pero también con el cañonero de marras, fuera de la institución. Es verdad que el difunto y querido Juan, tuvo algunas equivocaciones, pero no eran para descender. El Nacional tenía un equipazo, que seis meses antes había ganado el Primer Tricampeonato. Obraron mal y terminaron mal, porque en la redada maliciosa de aquel arranque del 79, también envenenaron a los dirigentes para que eliminen de la plantilla a Fausto Correa, aduciendo su veteranía, cuando en realidad Fausto tenía mucha pólvora en sus extremidades.

‘El Camión’, un goleador innato que le hacía sombra al artillero venenoso, había marcado los dos goles ante Barcelona que le dieron el título. Y como olvidar el segundo, que fue una obra de arte. Una chilena monumental desde el borde del área que se metió en el ángulo de la portería ‘canaria’ defendida por el ‘Chino’ Aguirre. Nada más que la obra genial que determinó que El Nacional sea el primer Tricampeón de la historia. Los malditos celos terminaron con su estancia. Fue una ingratitud.

Ahora la situación es tétrica. No hay un plantel competitivo, no hay dinero, las deudas llueven, el clima interno es hostil y los resultados no aparecen. Y encima un impago más y a Segunda. Lucía Vallecilla vive con la soga en el cuello. Y El Nacional también. El otrora glorioso y pudiente El Nacional está entre la espada y la pared. A rezar.