POR RAÚL CRUZ MOLINA

(Quito, marzo 23).- El 16 de julio de 1950, Río de Janeiro se sumergió en el luto total. Uruguay acababa de ganar el Mundial ante Brasil, profanando ‘Maracaná’ ante la mirada incrédula de 203.850 ‘torcedores’, que quedaron abatidos. Muchos de ellos, se suicidaron. Cuando el presidente de la FIFA, el francés Jules Rimet entregó la Copa del Mundo al capitán uruguayo Obdulio ‘El Negro Jefe’ Varela, cada brasileño se sintió como si hubiera perdido al ser más querido, como si su honor y dignidad hubieran desaparecido.

Muchos juraron aquel día, que nunca volverían a un estadio de fútbol, pero todos apuntaron con su mirada acusadora al portero Moacyr Barbosa, como el ‘principal culpable’ de la derrota ante Uruguay. Fue la mayor catástrofe del balompié brasileño, sólo que, de esas cenizas aniquiladoras, emergió su grandeza. No hay mal que por bien no venga.

Aparecieron como por encanto en los años posteriores, los ‘magos de la pelota’. Los ‘nuevos genios’ con carácter, temple y espíritu ganador que levantaron el primer trofeo en el Mundial de Suecia 58. Repitieron en el 62 y en el Mundial de 1970 en México, dejaron claro que son los ‘dioses del balón’. Una tierra predestinada para ‘engendrar cracks’.

Desde Djalma Santos hasta Neymar. Pasando por el incomparable Pelé, el genial Garrincha, el maravilloso Zico y el infernal Romario, que son abanderados de una lista incomparable de ‘fenómenos de la pelota’. Brasil es tierra de fútbol. Como ninguna en el Planeta.

El calvario de Barbosa

El gran pecado de Moacyr Barbosa fue dudar, si atajar o despejar la ‘envenenada pelota’ que convirtió en campeón del mundo a la selección ‘charrúa’. Su penitencia: un cruel ostracismo por parte de la sociedad brasileña. “En Brasil, la pena mayor que establece la ley por matar a alguien es de 30 años de cárcel. Hace casi cincuenta años que yo pago por un crimen que no cometí y sigo encarcelado. La gente todavía dice que soy el culpable”, reconoció el propio Barbosa en una entrevista antes de morir, el 7 de abril de 2000 entre el olvido y el desprecio de sus compatriotas.

Así relató Barbosa en la novela ‘El Maracanazo’ que le ‘costó la vida’. “Fue un disparo disfrazado de centro. Creía que Alcides Ghiggia iba a centrar, como en el primer gol. Tuve que volver. El balón subió y bajó. Llegué a tocarla, creía que la había desviado al córner. Cuando escuché el silencio del estadio, me armé de coraje y miré para atrás. Ahí estaba la pelota. Me quería morir. Literalmente, ese momento, firmé en vida la papeleta que determinaba mi defunción. Me enterraron entre todos”.

Moacyr Barbosa tuvo que aguantar el resto de su vida como la gente le ignoraba, le daba la espalda e incluso le despreciaba por la calle. “Mira hijo, ése es el hombre que hizo llorar a todo Brasil”, le llegó a decir una mujer a su hijo, señalando al ‘infeliz arquero’ que paseaba en un mercado de Río de Janeiro en los años ochenta.

El destino también fue esquivo con Barbosa. El portero brasileño trabajó durante más de 20 años como Intendente de ‘Maracaná’, el estadio en el que fue ‘enterrado’ vivo por millones de brasileños. Como premio a su trabajo y dedicación, le regalaron la portería que él defendía en Maracaná. Quemó la madera, montando una hoguera gigante para preparar una parrillada, en compañía de los únicos amigos que le quedaban. Logró incinerar y desparecer el ‘arco del infortunio’, pero no pudo deshacerse del desprecio de la gente.

“Si no hubiera aprendido a contenerme cada vez que la gente me reprochaba públicamente lo del gol, habría terminado en la cárcel o en el cementerio hace mucho tiempo”, confesaba una y otra vez el desafortunado Barbosa, que nunca más pudo disfrutar de una convivencia normal.

Uno de los últimos desaires que Moacyr Barbosa tuvo que soportar en su vida, fue cuando el famoso Mario Lobo Zagalo, una de las célebres figuras brasileñas de todos los tiempos, por aquel entonces ayudante de Carlos Alberto Parreira, le impidió entrar en la concentración de la ‘Canarinha’ para que saludara a los jugadores, por miedo a que ‘derramara sal y mala suerte’ al equipo que se preparaba para encarar el Mundial de Estados Unidos de 1994, que finalmente conquistó Brasil.

“Fue un gran portero, debería ser recordado por sus grandes momentos con la selección, no por aquella final”, aseguró Dida sobre Moacyr Barbosa durante el Mundial de Alemania en 2006, tras poner fin a una maldición de más de medio siglo, sin que ningún ‘arquero de color’ defendiera la portería de la selección brasileña. Moacyr Barbosa murió dos veces.