POR RAÚL CRUZ MOLINA

(Quito, mayo 17).- Carlos Salvador Bilardo, el inefable ‘Narigón’ fue un futbolista singular, un auténtico director técnico dentro del campo. Era un jugador vivo e inteligente. El que más se identificó con el maestro Osvaldo Juan Zubeldía, cuya línea de juego e influencia lo marcó para siempre.

Fue su discípulo consentido. Su mayor virtud era la clarividencia con que analizaba los partidos dentro del campo. Tenia una percepción especial para detectar los puntos débiles del rival.

Dentro de la cancha era un infierno. Jugaba ‘su partido y el que le convenía a su equipo’. Era un hombre de fuerte carácter, que aprovechaba al máximo, la escasa estabilidad emocional de sus adversarios.

Fue el ‘rey de la boquilla’. Ese mecanismo verbal al que apelan ciertos jugadores para desnivelar a sus contrarios, con la picardía a flor de piel. Con acusaciones grotescas, mañas, improperios y todo el bagaje provocador que exponen aquellos personajes, que como Bilardo, se recibieron también con honores en la ‘Universidad de la Calle’.

Su tránsito como jugador arrancó en San Lorenzo de Almagro, club del que era hincha desde su niñez. Su ídolo máximo fue René Pontoni, aquel exquisito ariete santafesino, tan eficiente armando avances como definiendo con sutileza y contundencia frente a los palos enemigos.

Debutó oficialmente en Primera División ante Estudiantes de la Plata, el 16 de noviembre de 1958, bautizándose con gol ante el ocasional rival, que con el paso de los años sería el nido en el que forjaría su fama dentro del controversial mundo del balón.

Fue centrodelantero en su leve ciclo de permanencia en el ‘Ciclón’. Un frustado pase a Italia, el arribo de Oscar ‘Coco’ Rossi, el gran manija de Huracán y una tarde fatal, en la que el zaguero Clariá, del viejo Atlanta, que precisamente dirigía en aquellos dias Osvaldo Juan Zubeldía, no le dejó tocar la pelota, terminaron abruptamente con su permanencia en el equipo de Boedo.

Su nuevo destino fue Español, equipo de la ‘Primera B’. Su vida había sufrido un cambio radical. Su sueño estaba trastornado. Revivió al ser seleccionado para intervenir en los Juegos Olímpicos de Roma en 1960.

Al año siguiente, en Español se fue alejando del arco, transformándose en ‘armador’. Se ubicaba como ‘wing derecho retrasado’, lo que en Italia conocían como ‘ala tornante’. ‘Destacó, encandilando el interés de Zubeldía, que en ese 1965 había llegado para conducir a Estudiantes de La Plata.

Viajaba todos los días de Buenos Aires a la Plata en el tren de las 8 de la mañana, que partía desde Constitución. En esos periplos, que los cumplía junto a Zubeldía y que duraban poco más de una hora, creció y se fortificó la afinidad y el aprendizaje. Ya se había recibido de médico, estudiando por las noches, atendiendo las prácticas en el hospital en las mañanas y entrenando por las tardes.

En la cancha se convirtió en un sacrificado. Se encargaba de borrar al mejor jugador del adversario, relevaba a sus compañeros en las marcas, jugaba con los ojos abiertos, indicaba posiciones, ordenaba variantes y aparte, se daba tiempo para fastidiar a los rivales y meter goles. Pocos goles, pero muy importantes.

Bilardo fue el pulso del equipo de Zubeldía. Su discípulo preferido. El prototipo de un ganador. Fue una figura de enorme dimensión. En Estudiantes ganó tres veces consecutivas la Copa Libertadores.

Ese mismo 1968, ganó la Copa Intercontinental frente al Manchester United. Triunfó como jugador. Fue líder de los ‘pincharratas’. El técnico que ganaría 18 años más tarde el Campeonato del Mundo con Argentina en México 86, estaba en ciernes. Mil páginas de gloria lo aguardaban para premiar su vocación de esfuerzo y sacrificio. El doctor Bilardo se lo merecía.