POR RAÚL CRUZ MOLINA

(Quito, junio 8).- Una vez confirmada la primera sede, el francés Jules Rimet, primer presidente de la FIFA, acordó con los demás representantes del organismo que en cada Copa del Mundo se pondría en juego un trofeo especial, que quedaría en poder de la nación vencedora durante cuatro años, hasta la competencia siguiente. Asimismo, se decidió que aquel país que ganara tres veces un Mundial, obtendría el premio para siempre.

Rimet solicitó la creación del galardón al escultor francés Abel Lafleur, quien diseñó una copa con la figura de la diosa griega de la victoria, Niké, con las manos extendidas. La obra -de 55 centímetros de alto, 4 kilogramos de peso y un costo de cincuenta mil francos- fue moldeada con oro puro de 18 quilates y montada sobre una base de piedras semipreciosas.

El trofeo, que se puso en juego nueve veces hasta que Brasil se lo adjudicó en forma definitiva tras vencer en México 1970, fue protagonista de algunas situaciones bastante curiosas. En 1938, después de que Italia venció a Checoslovaquia en la final del Mundial de Francia, la Copa fue guardada dentro de la bóveda de seguridad de un banco romano.

Al estallar la Segunda Guerra Mundial, el vicepresidente de la Federación Italiana, Ottorino Barassi, la retiró de la entidad bancaria y la escondió debajo de su cama, dentro de una caja de zapatos, para evitar que fuera hallada por los alemanes, que habían invadido y ocupado la península. Se cuenta que un grupo de agentes de las SS, llamó a la puerta de la casa de Barassi, en la plaza Adriana de Roma, para secuestrar el trofeo.

Los oficiales registraron el piso, pero no encontraron el preciado galardón. Cuando se marcharon, Barassi rezó un ‘padrenuestro’. Unos años después, el dirigente italiano entregó en persona la Copa a los responsables de la FIFA en Luxemburgo.

Casi treinta años más tarde, el 20 de marzo de 1966, a pocos meses del inicio del Mundial que se disputó en Inglaterra, la figura dorada desapareció misteriosamente de las vitrinas de la tienda londinense Westminster Hall, donde se la exhibía para promocionar el campeonato.

El enigmático robo puso en vilo al prestigioso cuerpo de policía Scotland Yard, que a pesar de asignar el caso a sus mejores hombres, no logró obtener una sola pista. Desesperada por el bochornoso suceso, que hacía trizas su arrogancia, la Football Association encomendó en secreto al orfebre Alexander Clarke la realización de una copia para sustituir al premio original, que ya había sido bautizado como ‘Jules Rimet‘ en honor al dirigente francés.

Pero antes de que el artista terminara su trabajo, el 27 de marzo, un perro de raza collie, llamado Pickle, salvó el orgullo inglés al hallar la preciada Copa, envuelta en diarios en un jardín del suburbio de Beulah Hill.

Tiempo después se sabría que había sido sustraída por un obrero portuario llamado Walter Bletchley.

Pickle fue declarado de inmediato héroe nacional y su propietario, David Corbett, un barquero del río Thames de 26 años, recibió una recompensa de tres mil libras esterlinas. El famoso collie murió en 1973 y su desaparición fue seguida por el llanto de miles de hinchas.