POR RAÚL CRUZ MOLINA

 (Quito, febrero 22).- Apenas finalizó el partido final del Mundial de 1930, jugado en Montevideo, el primero de la historia que fue ganado por Uruguay, el árbitro que dirigió el choque, el belga John Langenus, (quien antes del último cotejo exigió una custodia personal), aprovechó la confusión del final para marcharse directamente al puerto y embarcarse en el transatlántico ‘Duilio’ rumbo a Europa.

Pero debido a la gran cantidad de niebla, se habían suspendido las partidas de los barcos, finalmente al día siguiente el barco salió rumbo al Viejo Continente. Tiempo después, en una entrevista recordaría que le había dado miedo la pasión con la que se vivían los momentos previos al partido y que trató de pasar desapercibido, porque si reconocían que él era el árbitro designado, seguro que su vida correría peligro.

Por otro lado, tanto fue el miedo que tuvo el árbitro designado para dirigir la final, que le exigió a la FIFA un ‘seguro de vida’, en caso de perder el local. Cosa que no ocurrió, y que no hubiera pasado de ninguna manera.

Langenus fue al primer Mundial de la historia con una doble misión, la de árbitro de fútbol y la de periodista deportivo. Cuando finalizaba cada uno de los cuatro partidos que dirigió y sin siquiera quitarse los pantalones cortos, le pasaba la crónica del cotejo al semanario alemán ‘Kicker’.

¿Qué puntaje se asignaría?, ya nos podemos imaginar. Ampliaba su crónica, señalando que lo más destacado del partido, fue la brillante actuación del juez Langenus. Qué tiempos, verdad.