POR RAÚL CRUZ MOLINA

(Quito, marzo 31).- “Yo puedo perdonarles todo. Que se equivoquen en los relevos, que regalen una pelota o que se olviden del pasado. Pero no les voy a perdonar que les falte personalidad para ser fieles a un estilo de fútbol. Ahora salgan y sean once amigos”. Sólo la voz del director técnico César Luis Menotti se escuchó antes de la final en el vestuario de un Estadio Monumental repleto, ansioso, vibrante, como nunca se lo vio.

Fillol; Olguín, Galván, Passarella y Tarantini; Ardiles, Gallego y Kempes; Bertoni, Luque y Ortiz salieron a la cancha con la única meta de llevar a la ‘celeste y blanca’ a lo más alto. La ‘lluvia de papelitos’ los recibió como siempre y como nunca. Era la oportunidad para dejar de ser ‘campeones morales’ y de una vez por todas festejar algo grande, inmenso. Convertir en realidad, un sueño acariciado por largo tiempo, que había dejado profundas frustraciones. Como aquella de Suecia 1958, que resultó traumática y hasta vergonzosa.

En el arranque del juego, Matildo Ubaldo Fillol comenzó a probarse el ‘traje de héroe’ con un par de salvadas celestiales. A los 37 minutos apareció el ‘Matador’ Mario Alberto Kempes con toda su potencia para empezar a hacer realidad el sueño. El gol del artillero cordobés que por esa época brillaba en el Valencia de España, se escuchó en todo el Continente. El primer tiempo se fue con el 1 a 0, marcado a fuego. La gente vibraba en las gradas del Estadio de Núñez.

Eso sí, antes del final, el ‘Pato’ Ubaldo Matildo Fillol volvió a ganarle un ‘mano a mano’ a Robert Rensenbrink y la sensación de victoria, se acentuó aún más. Holanda era un equipazo, aunque sin Johan Cruyff, su principal figura, que se negó a jugar ese mundial. Unos dicen, que fue una como protesta, a los infernales castigos de la Dictadura argentina que desparecía a los opositores, lanzándoles en alta mar para convertirles en ‘bocaditos’ de los tiburones, que se daban continuos festines.

Otros sostienen, que Johan Cruyff, uno de los cinco mejores jugadores de todos los tiempos, mantuvo un conflicto comercial con la Federación Holandesa. A ‘La Máquina Naranja’ le vestía Adidas, la marca de las tres tiras, en cambio el crack tenía un contrato de exclusividad con Puma. Hay una fotografía en la que Johan, luce la camiseta naranja, pero solamente con dos tiras. Vaya usted a saber, la verdadera razón del conflicto, lo único cierto es que los amantes del fútbol, nos privamos de observar en acción a un jugador monumental. A un flaquito, sapiente y ganador, que derramaba fútbol de alta gama.

La segunda etapa fue una película de suspenso. Argentina aguantó la mínima ventaja con actitud y garra, hasta que a los 36 minutos sucedió lo que parecía inverosímil: Ubaldo Fillol no pudo atajar un cabezazo del gigante Naninga y el Monumental enmudeció. Aquel silencio que en ese instante pareció total e imposible de superar, fue sólo una anécdota feliz, luego del toque de Robert Rensenbrink, ‘el hijo del carpintero’ que superó al arquero de River Plate. Era el último minuto, el fin de la utopía, una frustración indescriptible. Pero el destino, que es caprichoso, les hizo un guiño a los locales y la pelota acarició el palo y se alejó de las redes. Miles sintieron, la maldita sensación que producen los infartos. Fue un milagro de los ‘dioses del fútbol’.

 Llegaba el tiempo suplementario y los corazones latían a mil. Ya poco importaban las cuestiones tácticas o estratégicas. En ese mini entretiempo, Fillol se lamentó: “Faltan nueve minutos”, repitió ante los estériles gritos tranquilizadores del ‘Flaco’ César Luis Menotti.

Esos treinta minutos se jugarían con el alma y la Copa del Mundo se quedaría con quien mejor pudiera capitalizar los nervios y la tensión. Y Argentina jugó como un verdadero campeón, con un Mario Kempes, potente e imparable, que se llevó a la rastra a uno, dos, tres, cuatro camisetas naranjas para marcar el 2 a 1. Entró como un ‘gladiador invencible’. Es una ‘jugada modelo’ de la manera como un delantero vigoroso y de físico privilegiado, debe arremeter en la ‘zona de candela’. Ricardo Daniel Bertoni redondeó el 3 a 1 final, cuando Holanda pujaba por el empate.

Argentina era campeón del mundo. Así de simple y de complejo. Atrás quedaron décadas de desorganización, de ‘campeones morales’, de ‘éxitos fantasmas’. Aunque quedaron las sombras de aquella noche de la goleada 6 a 0 a Perú, que cuentan muchas voces que fue un partido con trampa y que el tiempo no ha podido aclarar en forma fehaciente.