POR RAÚL CRUZ MOLINA

(Quito, marzo 25).- Uno mira en ráfaga los goles de ‘O Rei’ Pelé y los de ‘La Saeta Rubia’, Alfredo Di Stéfano y las imágenes no son descriptivas. Son frías. No tienen ese morbo que tenemos los futboleros, para degustar hasta el último detalle. Eran otros tiempos en la naciente tecnología en la televisión. Cuando llegó al césped Maradona, la televisión ya estaba revolucionada. Por eso resulta tan delicioso mirar el gol con la ‘Mano de Dios’, que Diego les clavó a los ingleses y luego su ‘gol inmortal’ en el mismo partido, dejando sembrados como muñecos inservibles a siete ingleses, que no pudieron frenar la corrida más memorable de todos los tiempos y sin duda el mejor gol de toda la historia de los Mundiales.

Es un manjar revisar los goles del ‘pibe’ de Fiorito. Los de su consagración con la camiseta de Boca Juniors, los himnos de destreza con la blusa del Nápoli italiano donde se convirtió en ‘Dios del Sur’ pobre y necesitado, que aplastó a los clubes gigantes del norte opulento con la magia incontrolable de su botín zurdo. Y qué decir de sus jugadas en los Mundiales. Tuve la suerte de verlo en España 82, en México 86, en Italia 90 y en USA 94. Cuatro mundiales en seguidilla. Una bendición.

En tierra ibérica pagó el derecho de piso. Le mató la responsabilidad de ser parte de un equipo que aún se creía el mejor del Universo. Le mató también la marca pegajosa e irracional de Claudio Gentile ante Italia y la impotencia ante Brasil. Terminó pegándole una patada descalificadora a Batista, mediocampista del ‘Scratch’ y se fue expulsado.

En tierra azteca, abrió el cofre de su prodigioso talento. Como no recordar aquel golazo cruzando la pelota ante Italia frente a la marca de ese fenómeno que fue el desaparecido Gaetano Scirea. Y esa otra obra de arte, al cachetear la pelota con sabiduría ante la salida de Jean Marie Pfaff, el arquero con nombre de bofetada, como lo calificó Mario Vargas Llosa, que escribió magistrales crónicas de ese Mundial para el diario El País de España.

Fueron unos ‘monumentos al gol’, las perlas que fueron despejando el camino antes de los dos goles a los ingleses y ese ‘pase mágico’ en la final ante Alemania, espiando por el ‘ojo de una aguja’ para detectar la corrida de Jorge Luis Burruchaga, que escapó de la marca amenazante de ese ‘ferrocarril de músculos’ que era Hans Pieter Briegel para depositar la pelota en la red germana, superando la salida de Schumacher para luego aterrizar de rodillas en el mítico césped del Azteca de México para abrazarse con la gloria y con la corona del mundo.

QUISIERON EXCLUIRLO

Las genialidades de Maradona arrasaron. Se puso el equipo al hombro, fulminando la lluvia de críticas del periodismo argentino y de varios dirigentes que pidieron a gritos su exclusión del plantel que tuvo una floja actuación en las Eliminatorias, pasando un gran susto en el último partido ante Perú, que puso a la tribuna del Monumental de rodillas, pensando que se repetiría la dolorosa experiencia de las Eliminatorias para el Mundial de México 70, cuando dos goles de Oswaldo ‘Cachito’ Ramírez dejaron al equipo albiceleste fuera de la justa mundialista.

Fue una experiencia extremadamente dolorosa. Todavía rondan los fantasmas de aquella tragedia futbolística en las gradas de ‘La Bombonera’.

Aquella tarde volcánica e impiadosa de 1985, la transformó en fiesta, una corajeada de Daniel Passarella. El ‘Kaiser’ puso la pelota en la raya de gol peruana y el ‘Tigre’ Ricardo Gareca le dio el zarpazo final para meterla en la red y lograr la clasificación angustiosa. Fue la tarde que Reyna, le ‘respiró en la nuca’ a Maradona durante los 90 minutos y ayudado de un juego salvaje, borró al ’10’ del partido.

Pasado ese susto mayúsculo, lo de Diego en México fue sublime. El ‘Narigón’ Bilardo tuvo la perspicacia de halagarlo, comprometiéndolo hasta la médula. De taquito se jugó una carta brava. Le dio el brazalete de capitán, desafiando a un histórico como Passarella que era el dueño de la cinta desde la conquista del Mundial de Argentina 78.

Fue una maniobra magistral, que evitó un gran conflicto, porque el destino quiso que Passarella, víctima de un grave problema estomacal fuera hospitalizado en las horas previas al debut y no pudo jugar en ningún encuentro. Fue sustituido por José Luis Brown, que terminó redondeando una gran actuación e inclusive marcó el primer gol en la finalísima ante Alemania, apareciendo como un ‘fantasma’ a la salida de un córner lanzado desde la esquina izquierda, prevaleciendo entre los gigantes teutones para meter un frentazo que se metió en el arco de Schumacher.

AMOR A LA ALBICELESTE

Lo que hizo Diego en el Mundial de Italia 90 fue conmovedor. Carlos Bilardo que seguía al frente del grupo, ya no tenía un plantel consistente como el que había manejado en México 86. Ya no era una novedad, el 1-3-5-2 que el ‘Narigón’ había dejado en el Mundial anterior, como la última innovación táctica que se ha registrado en el fútbol. Los rivales ya habían encontrado el antídoto para frenar la escalada de los ‘carrileros’ y enfrentar a la muralla de cinco hombres en el fondo que armaba Argentina para cerrar los caminos que conducían a su arco.

La lesión de Nery Alberto Pumpido, permitió la consagración del ‘Vasco’ Goicochea, que se inspiró tapando penales, inclusive sepultando a Italia, en una noche tétrica para los ‘Azurri’, que acabaron con el sueño de coronarse campeones en su tierra.

En esa jornada memorable registrada en el estadio San Paolo de Nápoles, el escenario sagrado en el que Maradona elevó su figura a la estatura de un Dios, con sus fenomenales actuaciones con la blusa del Nápoli, Argentina clasificó a la final.

Italia bramaba de frustración. El ’10’ había regalado antes algunas joyitas. Como aquel ‘pase divino’ que proyectó al ‘Pájaro’ Claudio Paúl Caniggia para derrocar a Brasil y anular la salida del golero Taffarel. Fue una jugada con el ‘pie izquierdo de Dios’.

Un dolor enorme lo esperaba en la final de aquel torneo. Alemania aguardaba en la otra vereda. Fue un partido ajustado y bronco. En una muestra de valentía y pundonor, Diego se presentó a la lucha con el tobillo zurdo a la miseria. Hinchado como una pelota multicolor, que habría provocado en otro cuerpo y en otra mente, la decisión de no jugar.

Pero Maradona no podía sacarle el bulto a la responsabilidad y a la historia y encaró el duelo a muerte frente a los recios germanos. Un penal inventado por el juez uruguayo Edgardo Codesal, acabó con la ilusión de alcanzar el bicampeonato. Andreas Brehme colocó el balón en el fondo del arco lanzado un tiro cruzado e inatajable desde los doce pasos. El 1 a 0 prevaleció hasta el final del partido. Mientras los alemanes festejaban la corona, Diego lloraba como un niño. Fue otro de sus grandes desconsuelos. Como aquel que sintió, cuando César Luis Menotti lo desafectó de la lista definitiva para jugar el Mundial del 78.

DEL CIELO AL INFIERNO EN USA 94

Lo que pasó con Diego Maradona en su despedida de los Mundiales en USA 94, fue el broche al estado de descontrol que invadió su vida, cuando cayó en las fauces criminales de la cocaína. El ’10’ fue llamado de urgencia a la ‘Albiceleste’ para definir el repechaje frente a Australia, que fue el resultado de un pobre rendimiento en las Eliminatorias, ‘adornada dolorosamente’ con la inmisericorde goleada de Colombia que le infringió un implacable 5 a 0, en el mismísimo ‘Monumental’ de River Plate, en una tarde magistral del ‘Pibe’ Valderrama, Tino Asprilla, ‘Tren’ Valencia, Freddy Rincón, que montaron un show maravilloso, haciéndole morder el polvo de la impotencia a la Argentina de Alfio Basile que terminó de rodillas, humillada hasta la vergüenza por el juego colombiano que destapó todas las luces de su fútbol demoledor y encantador.

Fue una tarde conmovedora, con la hinchada argentina llorando la desgracia en las tribunas repletas, mientras los pupilos del ‘Pacho’ Maturana, creían que habían tocado el cielo y levantaban la mano como firmes candidatos para ganar el Mundial del 94, que terminó en el más grande desconsuelo del pueblo colombiano, que vio como el sueño se convertía en añicos, más después de la derrota ante Estados Unidos, con el autogol de Andrés Escobar, que pagó con su vida el error de haber incrustado la pelota en su propio arco, acción que desbarató la millonaria inversión de la mafia de apostadores, que vengaron la afrenta, acribillando al zaguero de Nacional en la puerta de entrada de una discoteca de Medellín.

En esa ráfaga de balas asesinas, quedó envuelta la euforia mentirosa que la absurda prensa del vecino país se encargó de alimentar, gritándole al mundo que no había en el planeta un equipo que jugara como Colombia. Evidentemente, ‘confeccionaron el ‘traje de campeón antes de cazar el animal’ y así les fue. Un despropósito total.

Argentina mientras tanto, comenzó a brillar de manera sobresaliente. Diego manejó los hilos en forma prolija y Gabriel Batistuta y compañía fueron construyendo triunfos que lo ponían como serio candidato al título.

Como en aquel partido frente a Grecia en el que Maradona marcó un golazo, su último tanto en los Mundiales y desafiante gritó ante las cámaras de televisión de todo el mundo, con inusual irreverencia, que seguía siendo el mejor jugador del ‘Planeta Fútbol’, sin saber que al final del segundo partido, frente a Nigeria que ganaron 2 a 1, en el control antidoping daría positivo, por ingerir un ‘cóctel casero’, preparado por su preparador físico personal, Daniel Cerrini, desencadenando el peor escándalo que se recuerde en las justas mundialistas.

“Me cortaron las piernas”, se atrevió a decir, responsabilizando de su culpa al Presidente de la FIFA, Joao Havelange, que obligó a Julio Grondona a desafectarlo de la selección, como medida pacificadora para que Argentina continúe en el certamen. Ya sin el ’10’ en la cancha, el equipo del ‘Coco’ Basile perdió 2 a 0, el último partido de la Primera Fase ante Bulgaria y volvió a caer en el cruce de octavos de final ante la sorprendente Rumania de George Hagi y fue eliminada entrando en un cono de sombras y graves conflictos.

Es célebre la imagen de Maradona, tomado de la mano de la enfermera estadounidense Sue Carpenter, una ‘gordita con cara de buena’, caminando por el gramado del estadio de Boston, hacia la sala del control antidoping, aquel martes 25 de junio de 1994. Fue el último día del héroe argentino con la blusa de la selección. La efedrina lo condujo al abismo y a una suspensión de 18 meses que ensució para siempre su prodigiosa carrera.