Por Raúl Cruz Molina

(Quito, enero 11).- Muchos técnicos de prestigio pasaron por la banca de El Nacional. El primer gran nombre fue el del adiestrador paraguayo José María Ocampo. ‘El Mariscal’, así le decían a ese sabio del fútbol que sembró las raíces de triunfo que acompañaron hasta el 2006, la vida institucional de los ‘Puros criollos’, opacada dolorosamente en estos tiempos por las nefastas administraciones.

Fue el técnico guaraní, que había sido capitán de la Selección Paraguaya en la década de los 50 y figura del Boca Juniors de Cali, en su puesto de mediocampista en la incomparable época del ‘Dorado’ en el fútbol colombiano,

José María Ocampo fue el cerebro que le dio forma al plantel militar. El que recorrió todos los destacamentos militares del país en la búsqueda de conscriptos que le pegaran con acierto a la pelota y que amaran el fútbol.

Así fue tamizando valores que pasaron a formar parte del ‘Mariscal Sucre’, primero, y luego de la Selección Militar, antes de tomar el nombre de El Nacional y recibir la aprobación para formar parte de AFNA, el 30 de abril de 1964.

La primera muestra de su incomparable capacidad como director técnico la ofreció en el recordado Atlanta de Chimbacalle, club al que sirvió tras su paso por Colombia. No cobró ni un solo centavo, pero la gente de esa populosa barriada del sur capitalino, le pagó durante meses la estadía y Ocampo respondió tanto afecto, obteniendo la corona de campeón.

En esos años decidió regresar a Asunción, hasta que llegó el llamado de las Fuerzas Armadas para entregarle la formación de un equipo, tema que al ‘Mariscal’ no le agradó completamente. Un mes había viajado por tierra, antes de encontrarse con ese encargo, que terminó aceptando por imposición de su esposa. “Yo me casé con un hombre que siempre vence todas sus dificultades”, fue la reflexión terminante de Dora Alonso, su amor de toda la vida. La mujer que fue su compañera hasta la muerte.

Y José María, contestó que “sí”. Fue la palabra mágica. Jamás podrían haber elegido mejor. El Mariscal Ocampo era un maestro. Un buceador de talentos maravilloso. Un ojeador de cracks, que en el fútbol de hoy sería millonario.

Y si el Mariscal Ocampo fue el arquitecto que armó el rompecabezas de los ‘Purísimos Criollos’, el italiano Vesilio Bártoli fue el primer técnico en dar la vuelta olímpica en calidad de campeón ecuatoriano de fútbol.

Bártoli había llegado a Universidad Católica con cuatro refuerzos paraguayos: Carlitos Gutiérrez, Francisco Taboada, Valerio Ferreira y Primo Caballero, que cayeron como ‘anillo al dedo’, ofreciendo clases de entrega y de coraje, alimentando al grupo de jugadores nacionales en el que destacaban Ramiro Tobar, Pepe Suárez, Antonio Chiriboga, ‘Chueco’ Oliva, ‘Pico’ Terán, Oswaldo Orbe, Agustín ‘Mono’ Cruz, entre otros recordados valores de los inicios ‘Camaratas’.

Bártoli era un tano tozudo y grosero. Un cascarrabias sesentón que conocía todos los gajes del oficio. En Universidad Católica aplicó el Catenaccio ese famoso cerrojo italiano, inventado por Helenio Herrera, tratando de tapar las debilidades de un equipo joven y en formación. Cuando fue llamado por El Nacional en 1967, cambió la óptica y la visión del juego. ‘El Viejo’, así le decían de cariño a ese hombre que era capaz de basurear con duros insultos a sus jugadores, dio rienda suelta al juego demoledor de la ‘Máquina Gris’, que él la construyó a su imagen y semejanza.

Ese Nacional tenía fortaleza defensiva, talento y vigor en la mitad de la cancha y un juego fulminante en la vanguardia. Fue un equipazo. Un campeón de verdad.