POR RAÚL CRUZ MOLINA

(Quito, julio 21).- Un manto amarillo y negro de banderas, que flameaban al ritmo del viento cubría el Estadio Centenario en cada una de las jornadas coperas. 60 mil gargantas fervorosas desplegaban un aliento conmovedor. Nacía la leyenda de Peñarol. La tradición heroica, que cobijaría la historia de uno de los clubes más famosos, importantes y populares del mundo. Asomaba la mítica camiseta aurinegra, fecundando la primera de sus hazañas. Fue el primer dueño de América. El conquistador e inventor de la Copa Libertadores, propuesto por ese dirigente sin par, que fue Washington Cataldi, insigne presidente del club uruguayo.

La primera Copa Libertadores se disputó con el sistema de partidos de ida y vuelta. Apenas registró siete participantes: Peñarol de Uruguay, San Lorenzo de Argentina, Bahía de Brasil, Millonarios de Colombia, Olimpia de Paraguay, La ‘U’ de Chile y Jorge Wilstermann de Bolivia.

Peñarol tenía una ofensiva formidable y un gran equipo. Era un conjunto conformado mayoritariamente por jugadores de gran contextura física. De imponente presencia. A simple vista parecían ineficaces y hasta torpes. Tenían un juego lento, pero con un seguro y certero tránsito de la pelota. Imponían personalidad y capacidad futbolística. ¿Cuál era el gran secreto? Juntarse atrás, tocar en lateral y esperar el instante propicio para meter el pelotazo al claro, buscando a ese ‘turbo’, ‘disfrazado de jugador’, que era Alberto Spencer.

El goleador ecuatoriano deslumbró al mundo con sus goles. Llegó al club aurinegro en 1959. Apenas 10 mil dólares alcanzaron para arrebatar al Everest de Guayaquil, a uno de los más formidables delanteros de todos los tiempos. El 19 de abril de 1960, en su debut copero, dio muestras de su incomparable olfato de gol. Ese día, colocó cuatro dianas en el arco del equipo boliviano Jorge Wilstermann y no paró más, hasta convertirse en el máximo goleador del evento con 54 goles, récord que difícilmente será superado.

La campaña de Peñarol fue arrolladora. Adentro, en su ‘bunker’ del Centenario y afuera, en cualquier cancha. Eran los tiempos de las giras por todo el mundo y Peñarol era un equipo ‘trotamundos’, que enfrentaba al Santos de Pelé, en cualquier punto de la geografía, donde había una celebración importante.

Peñarol estaba dirigido por Roberto Scarone, un notable personaje del balompié charrúa. Degolló a Jorge Wilstermann de Cochabamba, luego quedó en el camino San Lorenzo, después de un tercer partido definitorio que los aurinegros resolvieron en su cancha con dos goles de Spencer, accediendo a la final y a la espera del Olimpia paraguayo, que había dejado en el camino a Millonarios de Colombia, tras golearle sin contemplaciones por 5 a 1.

El Estadio Centenario fue el escenario de la primera final de la Libertadores. Fue el 12 de junio de 1960. El equipo paraguayo planteó el clásico juego guaraní: fuerte, a ratos violento y hasta con perfiles de mal intención. Fue un partido de ‘hacha y tiza’, que Alberto Spencer resolvió con un solitario gol.

En la revancha, el 19 de junio de 1960, en el difícil escenario de Puerto Sajonia, en Asunción, Luis Cubilla, logró el tanto salvador del empate a siete minutos del final. La Copa estaba en el bolsillo. El primer jirón de gloria estaba consumado. Spencer mostraba su pasta de goleador infalible. Peñarol se convertía en el primer propietario de un trofeo, que el tiempo se encargaría de cargarlo de historia e importancia.