POR RAÚL CRUZ MOLINA

(Quito, enero 14).- Barcelona tenía un equipazo en la década del 60. Era el Barcelona del ‘Pez Volador’ Helinho, un arquero que dejó un recuerdo imborrable en la ‘tribuna amarilla’. Volaba de palo a palo, sacaba pelotas con destino irremediable de gol. Era un portento, un golero al que ‘nacionalizaron de mentira’, los dirigentes de aquella época, que se vieron obligados a suplir a Pablo Ansaldo, el arquero titular de la selección en las Eliminatorias para el Mundial de Inglaterra 66, luego que el ‘Tanque’ Carlos Campos le rompiera tres costillas en el encuentro de ida ante Chile en el Modelo de Guayaquil, en el cual estuvimos en capacidad de sellar el boleto para el Mundial inglés.

El 20 de julio de 1965, ‘Chanfle’ Muñoz, ese insigne cobrador de tiros libres nos había ofrecido el primer triunfo en la apertura de las Eliminatorias frente a Colombia en Barranquilla, destapando una comba venenosa con pierna derecha, que infló la malla colombiana. En el choque de vuelta repetimos la victoria en el Estadio Modelo, sin mayores apremios. Colombia estaba representada por un equipo parcialmente amateur. Los graves conflictos internos lo llevaron a dar una notable ventaja.

El tercer partido estaba a la vista. El choque ante Chile en Guayaquil fue accidentado. Los araucanos tenían un gran equipo. Con Alberto ‘Tito’ Fouillioux, Ignacio Prieto y el ‘Tanque’ Campos, una mole de músculos que era capaz de ‘reventar una pared’. No fue una pared la que reventó aquella tarde del 15 de agosto del 65. Fueron las costillas del ‘Gato’ Ansaldo, que aguantó como un héroe, hasta el final del partido, porque en aquellos tiempos, inexplicablemente no se permitían cambios. En el hospital se comprobó, que aquella salvaje embestida del ‘cañonero araucano’, también perforó un pulmón del arquero nacional.

Los dirigentes del fútbol mundial, pensaban en sus ‘calenturas de grandeza’, que los jugadores tan solo, eran ‘útiles del espectáculo’. Por eso Ansaldo tuvo que someterse a semejante suplicio. Empatamos 2 a 2 y quedamos frustrados. El cupo al Mundial de Inglaterra, esa tarde, se nos escapó como el ‘agua entre los dedos’. Nos quedaba un partido.

El calendario nos transportó a Santiago. Chile esperaba en el ‘Estadio Nacional’ con los dientes afilados. Nos ganaron 3 a 1, con un ‘robo monumental’. Aún tengo presente la fotografía que publicó ‘Diario El Comercio’, que demostraba en forma fehaciente que un remate de Armando ‘Tito’ Larrea había traspuesto la línea de sentencia. González la sacó medio metro tras la raya y el árbitro validó la jugada. Nos metieron la mano en el bolsillo. Como después, como ahora, como siempre, cuando se trata de partidos con rivales con mayor peso en las esferas de la dirigencia continental. Tras la derrota, no había otro camino, que afrontar un ‘choque extra’ de definición en el ‘Estadio Nacional’ de Lima.

‘Cabeza Mágica’ Spencer comandaba el ataque de la Tricolor. Eran los tiempos triunfales de Alberto en el Peñarol de la ‘época dorada’, que estaba plagado de cracks. Del arco a la punta zurda. Con Ladislao Mazurckiewicz, Pablo Forlán, Roberto Matosas, Omar Caetano, Pedro Virgilio Rocha, Néstor ‘Tito’ Goncálvez, Pepe Sasía, Julio César ‘Pardo’ Abaddie, Spencer y Juan Joya Cordero, un ‘buscapié’ peruano que llegaba a la raya de fondo y tiraba centros espléndidos para las arremetidas de Alberto, que la depositaba en la red.

El perverso regionalismo, enraizado hasta la médula en esos tiempos y el objetivo de gritarle al mundo, que “el fútbol guayaquileño había llevado a Ecuador al Mundial” dio origen a una movida desquiciada, por parte del cuerpo técnico que lideraba el uruguayo José María ‘Chema’ Rodríguez. ‘Chessman’ lo rebautizaron algunos, pensando que su argucia tuvo tintes ‘criminales’, futbolísticos desde luego. El verdadero ‘Chessman’, era un peligroso hampón estadounidense que fue sentenciado a morir en la cámara de gas.

Rodríguez acogió el inmoral y descabellado pedido de los dirigentes y eliminó de la formación titular a ‘Tito’ Larrea y a Mario Zambrano, los dos únicos jugadores de origen serrano que fueron titulares en los compromisos anteriores de las Eliminatorias. Esa aciaga noche del 12 de octubre de 1965, saltaron a la cancha Carlos ‘Trompudo’ Pineda, volante de Emelec en sustitución de Mario Zambrano y Bolívar Merizalde, delantero del ‘Ballet Azul’, ocupó el puesto de Armando ‘Tito’ Larrea.

La verdad, ahí mismo comenzamos dando serias ventajas y perdiendo el partido por anticipado, porque aparte de esa ‘maniobra infame’, ‘Cabeza Mágica’ Spencer llegó con las completas a la capital peruana, tras cumplir uno de los múltiples compromisos que debía afrontar Peñarol, que era un ‘equipo trotamundos’. Arribó cansado y desgastado.

Todo parecía jugar en contra. Adentro y afuera. Los enemigos del fútbol ecuatoriano, según ellos, habían realizado una ‘movida magistral’. En realidad, fue una obra despreciable. La noche de Lima fue de intenso sufrimiento. La voz de Ecuador Martínez, la más importante del relato deportivo de esa época, desgranaba con dolor la evidente superioridad de los chilenos, que se adelantaron en el tablero con dos remates que no pudieron parar la elasticidad y los reflejos de Helinho.

Una corajeada de Luciano Macías escribió el 2 a 1. Se esfumaba la aspiración de llegar al Mundial, un sueño que revoloteaba en las almas futboleras y que por mucho tiempo se convertiría en una ‘misión imposible’.

El final del partido lo escuché con dolor e impotencia, pegado a la radio portátil que me había regalado mi viejo, Manuel Cruz, en un Día del Padre. ¡Vaya fecha que escogió! Lloré. Me había ilusionado como nadie en la posibilidad de mirar a Ecuador, sentado en el ‘gran banquete del fútbol’. Fue una puñalada, que la sentí en el alma. Me desgarró. Los ‘abanderados del egoísmo’ nos habían quitado una gran oportunidad.