POR RAÚL CRUZ MOLINA

(Quito, mayo 27).- No recuerdo tanto regocijo colectivo por una derrota. La caída de Emelec ante Talleres de Córdoba, la noche del martes en el George Capwell ha provocado un diluvio de críticas y una alegría escondida que se disfraza en una serie de descalificaciones, incluso tocando peligrosamente la moral de sus dirigentes. Es verdad, que la caída fue estrepitosa y dolorosa, confluyendo en la eliminación de la Sudamericana, cuando lo impensado era que el equipo de Ismael Rescalvo caiga en la cuneta, pero de ahí, a tomar una venganza solapada hay un inmenso trecho. Los detractores son incontables. Un ejército formado a la luz de la envidia, para vilipendiar al equipo más ganador de la década anterior, ha sacado las garras con profunda mala fe.

Es cierto que la institución ‘millonaria’ ha desperdiciado casi todas sus intervenciones internacionales en los últimos años. Ha fracasado reiteradamente. Uno entiende, como amante del fútbol, que los sentimientos de reproche invaden y lastiman el corazón de los hinchas, es su pleno derecho. Pero resulta inaceptable, la reacción virulenta de los adictos a otras camisetas. En alto número a los amantes del Barcelona e incomprensiblemente, a ‘periodistas partidarios’ que no disimulan su voraz interés comercial. Han dando rienda suelta a un odio fermentado, guardado en el tiempo, que se nota, los tenía profundamente lacerados. Esos corazones mezquinos son los que derraman veneno y promueven la división y la intolerancia. En el fútbol y en una sociedad, por si sola dinamitada, castigada por la discriminación y el hurto incontrolable de ‘perversos políticos’ en los últimos 14 años.

El fracaso no solamente le pertenece a Emelec en este 2021 en los eventos de la CONMEBOL. El único club que sobrevive es Barcelona. Con sobra de merecimientos en un grupo muy complicado. Fajándose con dos grandes, con profunda historia copera, como Boca Juniors y Santos. Dulce momento para el ‘cuadro amarillo’. Busca el bicampeonato interno y sueña con llegar alto en la Copa. No quiero ser pesimista. Fabián Bustos tiene una buena plantilla, pero hay que ser recatados para alentar a muerte la opción de alcanzar el título continental. Los que sueñan en los réditos a obtener, tienen la obligación de caminar con cautela. Crear en el fútbol una atmósfera de triunfo anticipado, por lo general termina desbaratándose. El trayecto está lleno de espinas y hay un considerable trecho por recorrer. Ya le pasó dos veces, con equipos configurados con grandes figuras. Esta versión 2021 no tiene ese caudal.

Falta un ‘duelo bravísimo’ en el que puede estar en juego, la definición del torneo doméstico. El clásico que fue postergado tiene ese carácter. Si Emelec puede mantener la ventaja de dos puntos y doblega a Independiente del Valle, este fin de semana en el Capwell, habrá dado un paso certero, a la espera de lo que haga Barcelona en su visita a Católica en el Atahualpa.

El fútbol despierta pasiones. Lo entendemos como una fuente milagrosa de unión. Esperamos la reflexión de los ‘odiadores de oficio’, que lanzan gasolina al fuego. No se confeccionen el abrigo, antes de cazar al animal. No coman ansias en nombre del hincha de corazón. No siembren la inquina. No disfruten con la desgracia ajena. La vida tiene reversa. No lo olviden. Es fútbol. No una guerra de actitudes desleales.